Por: Alva Lai Shin
¿Cómo sabe un poeta cuando lo es?...
Un tratado ontológico extenuante no bastaría para dilucidar semejante oscuridad. Clamarían por usar un sinfín de metáforas para darse un lugar en la estética de sus pensamientos. Sus versos cortados hablarían de la pena de sentir a plenitud; sí, como aquéllos a los que, en honor de la vanguardia, hay que dar un enter después de cada palabra. Ah, ah, pero no de cualquier palabra, debe ser una que pese, así, exacto, como levedad. Y así,
enter aquí,
enter acá.
Y, de ser posible, que los espacios en blanco formen la silueta perdida de Jack Kerouac o Allen Ginsberg.
¿Cómo un poeta explica que lo es?
En primer lugar, y a priori a cualquier docta lectura, el poeta debe asumirse; es decir, hablar, comportarse, vestirse y peinarse como tal. Posteriormente, debe encontrar una víctima, no es difícil considerando que pasan gran parte del tiempo en lugares de esparcimiento para poetas. Pues bien, ubicado el objetivo, a presentarse. Conviene de entrada hacer gala de la cultura adquirida, se puede comenzar con…una poesía.
“…en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar pierden el tiempo las que pretendan seducirme.”
Y con esto, sin más, entran triunfalmente dos elementos determinantes: la Musa (La que vuela) y las referencias cinematográficas. Porque todo poeta reconoce en el séptimo arte la manifestación de la poesía visual. Y que mejor ejemplo que El lado oscuro del corazón I (sí, porque creo que la 2 les da pena hasta a ellos). No me atrevo a decir que cuando Eliseo Subiela, en 1992, realizó esta cinta, sabía el grado de afectación que causaría en cierto grupo poblacional. Afectación insuperable, al parecer, de terrible imitación. Pero, díganme poetas, ¿quién les dijo que el engendro humano hecho de Oliverio Girondo, Juan Gelman y Mario Benedetti es sexy? Oliverio es su nombre, que referencia a Rayuela más clara no se puede, Oliveira deseando encontrar, al azar, por las calles, a su Maga, a la Musa descocada.
Y llega volando la Musa, como magia pura de la literatura, para hacerle contemplar al poeta la sutil belleza; y él, le compondrá versos conlaspalabraspegadas, para conquistar su corazón. Y a veces, hará gala de lo maldito de su oficio vociferando blasfemias: como puta, verga, coito, semen, etc. Palabras fuertes y contemporáneas, que se impongan e impresionen a quien se atreva a leer. Y el poeta sabrá que es poeta cuando asegure haber leído a todos los rusos de la literatura y desdeñar a los latinoamericanistas, salvo aquéllos cuyos nombres engalanan preseas, casi todas con remuneración económica, de tipo presupuestal o de tipo A.C. (todos somos rebeldes en algún momento).
En fin, lo clásico y la vanguardia dan forma al vagabundo de café. Al poeta que sabe que lo es; y mejor aún, que sabe definirse con métrica. Libro bajo el brazo y botella de vino tinto sobre la mesa enmarcan la escena en que siempre se sueña estar, siendo fotografiado por una cámara oculta que invita a la charla bohemia, a la seducción, a la caricia lenta bajo la falda mientras un susurro de poesía lengüetea la oreja ajena. Aquí damas y caballeros, es cuando el dilema surge, sabe o no sabe volar; y aquí, es cuando el dilema cambia, sabe o no sabe correr. Sí cree que sabe volar quédese, si no, ojalá sepa correr.