Por: Rafael Villegas
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El Bardo

Vivía en Tepic y tenía 15 años cuando se me ocurrió que sería buena idea emular a ese poeta llamado Nervo que tanto querían en todos lados. Con mi cuaderno Scribe, lápiz y pluma, comencé a rondar un par de sitios donde, me habían dicho, solían aparecerse y desaparecerse los bardos de la ciudad. Yo no sabía qué era un bardo ni que los podía encontrar si seguía el olor del café.

Las primeras veces los miré de lejos. Fingía interés en los libritos del librero al que llamaban librería, mientras los espiaba de reojo y reoído. Los recuerdo leyendo y callando, o aplaudiendo cuando no leían. Reían, miraban al techo y se contemplaban deformados detrás de los humos de cigarros. O así me parecía, escondido detrás de libritos que casi siempre tenían harto polvo y títulos que evocaban a la naturaleza, al amor o a los indígenas que, desde entonces, eran utilizados para construir discursitos identitarios (por ejemplo, los equipos deportivos siempre se llamaban Coras de Tepic, igual que en otros lados se llaman Jaguares de Chiapas, Chivas de Guadalajara o Pumas de la UNAM. Animal y etnia reconfirmándose en su subordinación).

No sé cuántas veces fui a ese sitio hasta que me animé a acercarme a uno de los bardos. Tenía el cabello largo y vestía camisa de manta con motivos autóctonos. Me viene a la memoria un venado de colores estridentes, o tal vez no. Le pregunté si podía incorporarme a su escuela de poesía, pues alguien me había contado que lo que ahí hacían era estudiar para escribir poemas. Me miró. Ahora creo que en su camisa de manta no había un venado de colores estridentes, sino un hombre flechando a un niño. El hombre sonrió y me dijo: “Aquí no hay escuela, el arte no se puede enseñar, el arte se vive… y no creo que tú hayas vivido mucho”.

Como buen adolescente resentido, ese día regresé emputado a casa, mascullando que si en algún lado existían escuelas para poetas, jamás tomaría clases en alguna. Años después, supe que el tipo con el que había hablado era uno de los más importantes poetas nayaritas (de esos que pululan como las plantas que cubren el río Mololoa de Tepic) y que le encantaba la trova. Para entonces, ya sabía que la trova no era muy de mi agrado.


El Actor

Compartía una reunión con escritores, casi todos poetas, en un salón subterráneo de algún hotel. La noche comenzaba y lo poetas, por supuesto, no sólo querían hablar de poesía sino leerla. Y así fue. Antes de salirme a tomar aire, con el pretexto de encontrar unos necesarios tacos de asada, los poetas llevaban ya una hora rolándose un micrófono, masticando las palabras, con las manos temblorosas sosteniendo hojas bond. Y yo que pensaba, como Anthony Bourdain, que no había nada más maligno que el karaoke (aquí a partir del minuto 4:13).

Pasé un buen rato en una taquería cercana. Iluso, supuse que cuando regresara aquello ya se parecería más a una fiesta normalita. Pero no, cuando bajé las escaleras me pareció escuchar aquello de que mi voz que madura y mi voz quemadura y mi bosque madura y mi voz quema dura. Lo más probable es que alucinara que Villaurrutia abría así otra hora de lecturas, ahora de esa escritura que algunos llaman, con cierta temblorina entrepiernal, poesía erótica. ¿Por qué me quedé? Tal vez por la morbosa duda de si aquello podía ponerse peor.

Y sí que se puede poner peor, siempre se puede. Alguien cantaba trova cubana cuando, quién sabe de dónde, apareció él: El Actor, un tipo voluminoso y sudoroso, con los ojos cortados por mil venitas a punto de estallar, quien en vez de decir un simple y amable hola o un casual e indiferente qué onda, se le ocurrió presentarse recitando, con voz de Paco Stanley, alguno de los poemas más finos de su repertorio. Me cuidé de no apretar mi vaso de plástico, pues terminaría buscando un trapeador para limpiar la cerveza del piso. Apenas terminó, los poetas aplaudieron y vitorearon como si hubieran escuchado el mejor discurso de Martin Luther King. No pude más que abrir la boca y esperar que una mosca la invadiera.

Ojalá todo se hubiera quedado a cinco metros de distancia. A las 4 de la mañana, por alguna razón, terminé sentado junto a El Actor. Cuando quise decir buenas noches, El Actor ya me había lanzado la pregunta: “¿Es posible ser poeta y no ser revolucionario?”. Le contesté que yo no era poeta y que la única revolución que me interesaba por el momento era la del Blu-ray. A uno de los presentes se le ocurrió decir que yo había ganado uno de esos premios que llevan nombres de poetas renombradísimos. El Actor, entonces, insistió con su pregunta. Contesté con alguna otra evasiva; simplemente, me daba asquito hablar con él. Me reclamó que me hiciera llamar poeta y no entendiera el concepto de revolución. No le quise decir que lo que menos quiero en la vida es ser poeta, que hubo un tiempo en que escribí y publiqué libros de poemas pero que, finalmente, me había aburrido de versear. Comenzó a hacer su autobiografía de artista atormentado, en la cual incluía una mala relación con su progenitor (para variar, un insigne poeta), alcoholismo, drogas duras, mucha pero mucha inspiración, dos que tres revelaciones o encuentros con musas distintas, un presente familiar convencional que lo volvía loco y un largo lugar común… todo para aterrizar en que en toda su dolorosa existencia sólo tenía una cosa por segura: “no se puede ser poeta sin ser revolucionario”. Yo sólo pude contestarle con una de esas palabras comodín que pueden significar cualquier cosa: “Órale”. Luego me tomó del brazo y me escupió una de esas grandes verdades que suelen soltar los artistas snobs, es decir, aquellos que no desisten en su autocontemplación, absortos de sí mismos, fascinados con su propio ombligo lírico: “Tú ni siquiera habías nacido cuando yo ya estaba haciendo tablas, participando en concursos nacionales de oratoria”. Pude haber contestado con otro bonito “órale” pero no fue necesario, pues El Actor había dado por terminada la conversación o performance o lo hubiera sido aquello.

Cuando comenzó a improvisar un poema misógino donde describía con voz pausada y profunda -poética pues- la violación de una mujer, supe que debía irme a dormir. Afuera amanecía y, mientras caminaba a mi habitación, todavía alcanzaba a escuchar a El Actor recitando a un pequeño grupo de poetas que quisieron quedarse a aplaudirle un rato más.


El Bohemio

Según la RAE: “adj. Se dice de la vida que se aparta de las normas y convenciones sociales, principalmente la atribuida a los artistas”. Así, pocas cosas tan paradójicas como ser bohemio. En su esencia, más que diferencia, hay repetición de teatralidades choteadísimas; ser bohemio, como el kitsch, como el snobismo, es sentirse feliz por estar sintiéndose feliz, es saber que se sabe ser bohemio, y sentirse pleno por ello. Para ser bohemio, todo el tiempo hay que parecerlo y, más aún, mirarse a sí mismo pareciéndose al artista deseado. Si eres fotógrafo, por ejemplo, puedes dedicarte a tomarte fotos tomando fotos con la mano izquierda y sosteniendo un café de Starbucks con la derecha. Si eres escritor, es muy recomendable citar a Hölderlin en alemán para reforzar tus argumentos para llevarte al motel a alguien. Y es que, para el snob y bohemio, ser artista no es un oficio sino una forma de ser las 24 horas del día. Algo así como si en la fiesta de quince años de su hija, un médico vistiera bata blanca y llevara estetoscopio al cuello. La apariencia es principio y final de la existencia del artista bohemio y snob; la mismidad y el convencionalismo son su naturaleza.

Para ser un escritor bohemio y snob, nada mejor que seguir al pie de la letra el Dodecálogo del Escritor Bohemio y Snob:

1. Te tomarás muy en serio este Dodecálogo, tanto como la vida y la literatura.

2. Creerás en las musas sobre todas las cosas. Estarás convencido de que la poesía y los oxímoron se inventaron para descifrar el misterio de la mujer.

3. Defenderás con tu propia vida la idea de que en el arte no hay más proceso que la irremediable expresión del latir de tu corazón. Escribir será sinónimo de escupir o vomitar sentimientos (arte=terapia). Así, respetarás siempre la segunda palabra de los dualismos razón-locura, mente-alma, ciencia-arte, pensamiento-sentimiento, otros-yo.

4. Escribirás poemas que venderás en las calles para comprarte una ballena cuya ingestión te permitirá crear más poemas para vender en la calle…

5. Venderás poemas o libros única y exclusivamente para cubrir las necesidades básicas del artista: beber, fumar y, si eres un wannabe de argentino, tomar mate. Si no alcanza ni para eso, mucho mejor, pues estarás de lleno en el camino de la trascendencia y la inscripción en el canon del arte. Es necesario mantenerse siempre pobre y marginal; la riqueza y la popularidad son indignas del buen artista y son señales inequívocas de su decadencia espiritual y creativa.

6. Nunca de los nuncas ganarás alguna beca o premio. O si lo ganas contra tu voluntad, aprovecharás para rechazarlo públicamente. El reconocimiento de los desconocidos destruye la verdadera inspiración. Bajo este principio, jamás te permitirás pensar en el público. Aunque publiques, hagas lecturas, presentaciones y proyecciones de poesía audiovisual, siempre serán para ti mismo. No necesitas más que de tú y tú y tú y solamente tú.

7. Mucho menos te inscribirás a alguna universidad. En caso de que el sistema te haya obligado a pasar por el tormento enajenante de las aulas, podrás abandonar la universidad para siempre y presumirlo en tu currículo de artista. Nunca te olvidarás de dar crédito de tu genialidad a la Universidad de la Vida.

8. Te resistirás al poder seductor de la imagen, a menos de que se trate de cine francés de festival, pintura abstracta o fotografías en blanco y negro de mujeres desnudas, niños y ancianos indígenas, indigentes discapacitados y payasos tristes.

9. En este mismo sentido, confiarás en la palabra escrita, el libro impreso y las consignas que se gritan en las marchas como las únicas esperanzas de redención intelectual del mundo.

10. Exaltarás todas las expresiones de la cultura popular y la contracultura, especialmente las artesanías de chaquira, la lucha libre (de la cual te extasiará, especialmente, el choque de clases sociales en la arena) y las camisetas del Che Guevara (que te recordarán que detestas todas las formas de dictadura, excepto la de Fidel Castro).

11. Te convencerás de que Santo no es un personaje acartonado, machista, moralista y maniqueo, sino lo mejor que le ha pasado a la cultura popular mexicana. Al mismo tiempo, sabrás que hay de culturas a culturas, y que como adscrito fiel de la alta cultura, puedes apreciar e investigar, mas no producir y practicar la cultura pop, massmediática y mainstream.

12. Finalmente, tirarás a la basura tu televisor, convencido de que el demonio de la ignorancia y la manipulación de las masas indefensas y descerebradas lo habita.


Si cumples al pie de la letra con estos doce mandamientos, envíanos un mail con tu dirección postal para regresarte, a vuelta de correo, tu certificado de Perfecto Artista Snob.

3 comentarios:

La chica del siglo pasado dijo...

¡Qué genial! "Diosnoslibre" de la trova (malahierba nunca muere), Hölderlin, y la teatralidad. Argh.

anto dijo...

QUE ONDA RAFA, YO ANDABA POR AHI, JAJAJA AHORA COMPRENDO.

nicol dijo...

Hola.

Antes de nada, perdona que te escriba esto como un comentario, pero es que no vi tu email en el tu blog

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Muchas Gracias por tu tiempo... y disculpa si no fue la mejor manera de darme a conocer.



Un saludo.



DAVID T.

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